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Desnudos, nos dejamos caer sobre la cama. Una de mis manos ya estaba entre sus piernas y la otra aprisionaba uno de sus pechos. Nuestras bocas estaban pegadas. Ella, a dos manos, masajeaba mi erecto pene. Nos fajamos así unos minutos. Luego, separé sus gloriosos muslos y metí la cara en su triángulo divino. Primero, con los dedos empecé a quitarle los pelos que, por el flujo, se le pegaban a los labios vaginales; luego aspiré con fruición su olor afrodisíaco que llenó mis pulmones y mi cerebro con la más deliciosa intoxicación. Antes de empezar a mamarla, literalmente metí mi nariz entre sus labios vaginales. Quería impregnarme de ella, de su olor. Roxana suspiró con fuerza. Luego pasé mis manos bajo su cuerpo y aferré una nalga en cada una. Así me gusta afianzarme para mamar. Ya entonces pegué mi boca a su vulva y le di una primera, profunda y larga lamida. Degusté su sabor ligeramente ácido, pero rico como pocos. Ella gemía quedamente. --Bueno... pues ahora viene el espectáculo de Abigaíl -susurró en mi oído. Volteé hacia donde me señalaba Ónix con la mirada y me volví a sorprender. Exactamente como me la había imaginado minutos antes, Abigaíl salía de una de las habitaciones vestida con uniforme de estudiante de secundaria: falda corta de dibujo escocés, calcetas blancas casi hasta las rodillas, una blusa del mismo color, pero con los botones superiores desabrochados, lo que permitía ver el canalillo entre sus tetas, peinada con colas de caballo y... lamiendo una gran paleta roja.
¿Podían leer mis pensamientos estas brujas? Seguramente sí. Abigaíl se sentó en un sillón, fingiendo ser una niña ajena a la orgía que ahí se desarrollaba. Luego subió las piernas, apoyando los talones en la orilla del sillón, como haciéndolo por descuido, como podría sentarse una niña que estuviera sola en su casa. Esto me permitió ver que Abigaíl, pensando en todos los detalles, había cambiado su tanga roja por una pantaleta blanca, que se veía más erótica gracias al conjunto de quien la llevaba puesta. Era la imagen viva de una Lolita sumamente hermosa y muy, pero muy depravada. Cuando me agarró con sus dos manos de ambas piernas y las dejó a los lados de sus caderas advertí mi error. No era el puño, era apenas la cabeza de su descomunal miembro. Temí que desgarrara las paredes de mi vagina. Cuando empujó hasta el fondo su tremenda pija me conmocionó. Sostuve las piernas alrededor de su cadera y me agarró de los hombros para darse impulso. Cada vez que empujaba lo sentía en mis entrañas, en cada centímetro de mi cuerpo desde la cabeza a los pies. Era un animal salvaje, con olor a animal y movimientos de animal. Lo sentía resoplar como un caballo en mi cuello y creía desfallecer. Cuando descargó en poco tiempo su torrente de leche sentí que me quemaba por dentro y recién después de relajarme pude acabar yo también un chorro de mis jugos que se mezclaron con su semen. Entre dormida y satisfecha empecé a sentir su peso relajado encima de mí que me ahogaba. Cuando la sacó, ya medio floja, vi el tremendo pedazo de carne que hacía solo instantes había tenido dentro de mí. No lo podía creer.





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