Me encanta que estés tan dispuesta a firmar este contrato, aunque
todavía no comprendo por qué, pero lo que si te puedo asegurar
es que esto no va a ser tan fácil como tú habías
pensado... Con una mano cogió su cara, haciendo que los labios
se le cerraran como si fuera a besar, su otra mano se deslizó por
su trasero y la metió entre sus nalgas, sin dejar de mirarla le
dijo: - Saca la lengua... más...., entonces le dio un largo lametón
en la lengua, sabes que eres una hija de puta ¿verdad? ¿Lo
sabes? Me la has hecho pasar canutas, casi me arruinas, pero creo que
después de la firma de este contrato me voy a encontrar mucho mejor.
La soltó solo para tirar hacia abajo las hombreras de su camiseta,
hasta dejarla por debajo de sus pechos: - Sra. Presidenta, vaya cantimploras
te gastas, túmbate boca abajo en la mesa, quiero ver bien ese culo
que tengo que firmar
Ella lo hizo, se dio la vuelta y dejó
caer su cuerpo contra la mesa, inmediatamente sintió las manos
de él sobando su culo, a conciencia, como si no creyera lo que
tenía delante de sus ojos: - Tengo que marcar este culo, quiero
dejar mis dedos impresos antes de utilizar la pluma... Y sin más
empezó a darle cachetazos con la palma abierta... el primer quejido
se oyó bien fuerte, más por la sorpresa que por el dolor,
pero después... aquello realmente picaba, y sobre todo picaban
las carcajadas de los cuatro hombres, toda una ejecutiva tirada sobre
la mesa recibiendo un rapapolvo, como si fuera una niña que se
había portado mal... - Me duele la mano, creo que tendré
que utilizar otros medios... Sacó el cinturón de su pantalón
y empezó a azotarla con fuerza, por mucho que fuera su orgullo
era imposible estarse callada y empezó a gritar, para desahogarse
del dolor, de la vergüenza, de la humillación... Estuve desesperada
en esa posición. Con ganas de correrme pero no pude hacerlo. Ahora
ruego que llegue, pues necesito hacer pis. Y no puedo hacerlo. Llega más
temprano de lo previsto, tal vez sabiendo de mis necesidades. Y puta,
¿como has estado?, me dices en tono autoritario. Mmmmmmmmmmm, alcanzo
a balbucear pues la mordaza no me permite hablar. Me sacas el pañuelo
y digo que necesito ir al baño. Vamos puta, ve, me dices desatándome.
Salgo corriendo y me siento a hacer pis. Que alivio, casi me hago encima.
Me vuelve a la misma posición. Tiene en la mano una varilla con
un tipo de paleta en la punta, como si fuera un matamoscas. Se para detrás
de mi, se que es para azotarme, tengo miedo, un frío recorre mi
espalda. Me da miedo el dolor que me puede producir. Estoy atada en posición
boca abajo otra vez, pero sin mordaza. Se que en el fondo le gusta que
grite, que gima de dolor. Lo disfruta. Comienza a golpearse las manos,
con la varilla, suavemente, siento el ruido en tus manos. Cierro los ojos,
espero el golpe, dios mío, como va a dolerme. Tengo miedo, me gustaría
escapar, pero no puedo hacerlo, estoy atada de pies y manos. Pasan los
segundos, los minutos y nada, no ocurre nada, solo siento el golpeteo
de la varilla sobre la palma de su mano. ¿Que ocurrirá?
No entiendo nada, ¿acaso no va a azotarme? Me ordenó mirarla
a los ojos. Entonces apartó su braguita y orinó sobre mí.
Cuando acabó, me dijo: ya eres mío. Me
voy continuó- haz por encontrarme. Salió,
y volví a entrar en el servicio. Mientras me secaba la ropa, trataba
de recuperarme de las emociones contradictorias: alegría infinita
de que se hubiera dignado a hablarme, pena de mi mismo, placer sexual,
soñar con poder complacer en algo a una mujer como ella.Pasaron
los días, y la volví a encontrar tras pasar interminables
noches en aquel local, buscándola. Me hizo esperar lo que quiso.
Me propuso citarnos, y estableció los días que a ella le
convenían. Nos encontrábamos siempre en mi casa, y jugaba
conmigo, con mis sentimientos y con mi cuerpo como le placía. A
pesar de la brusquedad de la primera vez, resultó ser muy tierna.
Era un equilibrio perfecto entre la ternura y la dominación. Poco
a poco, con mucho cariño, iba decidiendo cosas por mí, sobre
temas cada vez más íntimos: al principio como consejos,
luego como mandatos. Al final, tomó un control total sobre mi vida,
que era suya, para una sola cosa: servirla.
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